Carta Primera

Vito:
       Apelo a mi memoria como puerto de nuestra señora soledad, conmemorando de alguna manera este último tiempo que usurpó mis momentos libres y los llenó de pensamientos sobre tu persona para poder (a mi manera) explicarte los detalles que fundamentan lo que siento por vos.
Sé que todavía no me fui, pero ocurre que continuamente siento una parte mía en otro lugar, buscando otra cosa, despertando pensamientos de futuro. Ocurre también, que no encuentro las palabras para hablar de los recuerdos, yo ya llevaba en la sangre eso del cambio pero lo que queda de mi acá trae de los pelos a los momentos casi olvidados, los hace finalmente retroceder, les da cuerpo y los pone sin pedirme permiso en esto que te estoy escribiendo.
Aunque no puedo describir de manera concreta tus métodos, sé cómo actúan sobre mí. Siempre entendí que nosotros vibramos en terremotos de silencio pero no sabía de la represión de mis palabras. No tenía idea de que fuera tan débil como para ser  quebrada por pensamientos sutiles. Estoy segura que sos completamente consciente de esto pero que jamás lo usarías en mi contra.
Me hiciste entender de esta manera que muchas personas me acompañan parcialmente. Que me acompañan hasta donde quieren, hasta donde sienten, hasta donde pueden y hasta donde yo los dejo. Y que eso que parece un capricho infantil de la vida nos pasa a todos, por lo tanto, sentirnos solos es también un capricho.
Esos problemas que nos hacen identificarnos en el otro son desde mis ojos  una coincidencia que nos dejó el destino. Poder hablar de todo esto que nos une desde lo que duele hace que ese gusto que siento sea agridulce. Tengo en mi cabeza cada imagen de cada conversación que tuvimos al respecto, pero cuando comprendí cada recuerdo, hice mía aquella estremecedora realidad. Entonces lloré sin respetar ningún código, al igual que cuando lloré en tu presencia.
Pero ahora ya no lloro más, porque ya no queda tiempo para eso. Ya no queda tiempo casi para nada. Cuando efectivamente llegue el momento de irme, no vamos a poder despedirnos de lo que nos pasa. Ni velarlo vamos a poder.  En el momento en que entendí eso, supe que tenía que escribirte.
Supe que tenía que decirte gracias, pero no por todo. Tenía que darte las gracias por despertar mi alma sonámbula, por llevarla a los extremos, por convertirla en el motor de las expediciones dentro de mí misma.  Gracias también, por dejar para mí y solo para mí todo aquello que encontré en mis búsquedas. Ahora, solo me queda el deseo de encontrar en la infinita búsqueda que no termina.
Lola.






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