Aplausos en la playa

Tengo muchos recuerdos de mi infancia. Algunas lagunas como todos, también. Pero tengo recuerdos que me generan sensaciones muy fuertes todavía. Me acuerdo de ir a la playa con mis papás, en la costa Argentina. Recuerdo que ibamos en temporada, la segunda de enero. Me acuerdo que siempre tuve ganas de armar un castillo enorme pero a la mitad del proceso me aburria, me daba sueño o hambre o las tres juntas. 
  Lo que más me acuerdo es que siempre tuve ganas de perderme. Vivir ese ritual en donde el heladero de turno te sube a sus hombros y todos en la playa aplauden dejando un pasillo que va a ser el lugar del reencuentro entre el niño perdido y los padres. 
  Padres completamente desesperados, pero eso lo entendí después. Lo entendí cuando mi cabeza pudo empezar a hacer ese proceso de ponerse en los zapatos de los demás. Eso no es un mero acto de voluntad nomás. Comienza a desarrollarse neurológicamente esa capacidad maso menos a los cinco años. 
  Recuerdo que cada vez que entraba a Blockbuster me pasaba lo mismo, una urgencia enorme por perderme. Blockbuster era una cadena de videoclubes que murio con la llegada de cuevana, netflix y sus parientes. Quizá un poco antes también. La sucursal que estaba cerca de mi casa era (a mis ojos) enorme y yo corría por los pasillos de peliculas hasta considerarme perdida. 
  Nunca me pasó. En la playa nunca me perdí y en blockbuster menos. Siempre me encontraron, capaz nunca me fui tan lejos. Perderse da ganas pero también miedo,  viste. No es tan fácil. 
  Me pregunto cuándo se me fueron las ganas de perderme, o por lo menos cuándo lo dejé de intentar. 
  Puede ser que ya ande perdida desde hace rato, pero no me di cuenta antes porque no es algo malo y no aparecen adultos desesperados ni aplausos por hacer eso que se necesita (cada tanto) para vivir con tranquilidad. 

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